Escritos Santacrucences
LA PAZ POSIBLE
DIARIO DE UN ALMA ERRANTE
No lo puedo creer. Un día abrí los ojos y al otro los aprendí a usar. Esta vez, la imbatible muerte me hizo cerrarlos. Tres días, un parpadeo, un fugaz aliento, y ya todo acabó. Yo siempre supe que la muerte iba a llegar, tarde o temprano. Lo que no pensé, o la reflexión que parcialmente desarrollé en cada día de aburrimiento, pero que nunca tuvo bases suficientes para convencerme, decía así: En el vivir, se desasocia la palabra tarde de su significado. Y, esperando el fin, o el nuevo inicio como algo tardío, solo se tardó un parpadeo.
Tan tardío como un instante y tan pronto como una vida entera. ¡Qué resignación la que siento! Tantas cosas que pude hacer, lo que pude recorrer, una vida desperdiciada por el deseo consumista y procastinador, el deseo de alguien que se dejó llevar por las tendencias contemporáneas y terminó siendo uno más en el bullicio de la vida. Me volví un fragmento desvanecido en el desierto del tiempo universal. Una mota que flota, casi invisible, sobre el pasado ya escrito.
Hoy veo mi cuerpo, y solo se reflejan recuerdos y experiencias que quisiera recomenzar. Miro fijamente con orgullo aquellos donde ayudé a alguien, con profundo asco los que muestran mi parte violenta y apática y con marcada indiferencia los que me veo como un adicto buscando una explosión de hormonas regocijadoras en el celular, más me arrepiento de ello. Sin embargo, tal como lo dijo Marco Aurelio y los estoicos después de él: “No te preocupes por lo que no puedes controlar”, y en mi impotencia ante la muerte, solo puedo aceptarla y resignarme a ella.
Entender que mi tiempo se acabó, que en nuestro sistema binario pase del 0 al 1, de la vida a la muerte, así como un contador de vidas, la mía ya culminó y suma un dígito más.
La única ansiosa pregunta que me ocupa la mente es: ¿A alguien le importé?, ¿Alguien me recordará?, ¿Tuve algún valor? Tal vez quede algo de mi forma pragmática de pensar a mis hermanos, el eco del recuerdo de un gran hijo para mis viejos, algún que otro buen consejo para mis amigos, Oh, ¡quién sabe amigos!, quede como alguien que derramó su amor en el corazón de mi novia.
Veo mi cadáver y pienso. Pienso si con él se quedó todo lo impuro y carnal, los deseos, las emociones, aquello que preocupa y anima al alma, inquietando su serenidad. Pienso en si lo que soy ahora (una silueta sin las restricciones de la vida) es mi verdadero yo. El que estaba destinado a mostrarse cuando la capa humana muriera. O, por otro lado, si José Alejandro Ceballos ya no existe. Si en verdad lo que era yo, lo que me representaba se quedó en ese cuerpo, y ahora solo soy la forma irreal e incorpórea de aquel muchacho que soñó con un final feliz.
José Alejandro Ceballos Echeverry - 10°